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      salto al vacio

      Este fin de semana he estado en un retiro de Mike Boxhall, terapeuta craneosacral ingles, que desde hace muchos años se dedica a impartir retiros en la búsqueda del SER. Resonando con lo vivido durante esos 3 dias, me ha venido a mi sentir un viejo tema que veo que con frecuencia en mis talleres y terapias.

      Con frecuencia, la gente llega a un punto de su vida que la insatisfacción llama a la puerta y viven con ella durante un determinado tiempo. Aparecen las necesidades de cambiar algo en sus vidas. Cuando llegan a mi centro, manifiestan y argumentan que en algún ámbito de sus vidas no se sienten plenos (pareja, trabajo, espiritualidad, creencias, etc) y que quieren trabajar en una dirección para poder dar los pasos que no son capaces de dar por si solos. Suele ocurrir con la misma frecuencia, que cuando se asoman al precipicio,  y es hora de saltar, muchos de ellos deciden no hacerlo, porque entonces aparece un miedo particular que les dice que lo que tienen en sus vidas, en realidad si que les satisface. Me refiero al MIEDO AL CAMBIO.

      Me gustaría compartir aqui un fragmento del libro de Mike Boxhall, “La silla vacía” (pag 99), que refleja este asunto:

      “…¿Siento miedo, siento ira, una mezcla de ambos? Esto es lo que tenemos que asumir y con lo que tenemos que trabajar. A partir de ahí surge la posibilidad del cambio. Trabajar con el miedo, trabajar con la ira. Si puedo hacer eso, entonces, tal vez, veré la ira o el miedo como un estado común en el ser humano, y no tendré que defenderme de ello en el futuro. Ni librarme de ellos. Se trata básicamente de miedo, de miedo al cambio, que a su vez significa miedo a ser, y eso lo que nos hace ser patológicos. Tener miedo forma parte de la experiencia humana. El problema es que intentamos crear condiciones, barreras y defensas para protegernos de el. Entonces nos agarrotamos…” 

      En este texto se refleja bien que pasamos mucho tiempo con sentimientos de frustración, aflicción, etc por aspectos de nuestra vida que nos lleva a sentir una necesidad de cambio, pero que cuando nos adentramos en ello, y nos asomamos al precipicio (todo cambio es un acantilado por el que uno se asoma), entonces, todo aquello que sentíamos que necesitábamos, se esfuma como si fuera de humo creado por nuestra necesidades erróneas.

      Algunas personas no quieren cambiar (a pesar de que crean lo contrario), ya que no quieren trabajar con el miedo o dicho de otra forma, necesitan librarse de él cuando llega. Les aterra la idea de saltar y quedarse sin lo que han tenido durante tanto tiempo. Se necesita algo donde aferrarse para no caer en el vacío del cambio. Ahí hace frío y no es posible creer en nada, porque no hay nada que creer. Y vuelven con el tiempo de nuevo a ese estado de contradicción a medio camino entre la insatisfacción, la queja y el inmovilismo. El miedo es un mecanismo muy poderoso para hacernos volver al interior de nuestra guarida convencidos ahora si (Eureka), de que es maravilloso pasar el resto de nuestros días en ella solo adquiriendo algún que otro mueble nuevo.